Robinson Crusoe / La búsqueda de sí mismo

Antes de que se termine el 2019 quería releer y escribir un post sobre la que se considera “la primera novela inglesa”. En el intento de abordar la crítica literaria como mecanismo de interpretación y disfrute, Robinson Crusoe se presenta como una novela para múltiples reflexiones. Desde las concepciones religiosas y políticas, hasta las eventualidades del azar y el destino.

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Defoe y la afortunada desgracia

Pocas experiencias existen como las de leer una novela de aventuras, escribir una debe ser absorbente, pero lo que vivió el autor está a otro nivel. En este año se celebraba el tricentenario de la publicación de esta magna obra, y he querido hacer referencia a eso antes de que se acabe el 2019; sino me tocaría esperar al 2119, cuando se celebre el cuarto centenario.

La obra de Defoe inicia con una crítica aguda a la sociedad de su tiempo. Partiendo de la idea de que la Clase Media es el mejor sitio para un ciudadano, porque le libera de las penurias de la clase baja y los malestares de la envidia de la clase alta. La clase media es, ante todo, el lugar donde se puede estar en paz, la escala social necesaria para comprender que somos parte de una inmensa cadena. Claro que eso convierte a esta clase en una clase enceguecida, porque cree que todos viven de acuerdo a su situación, consideran que todos los seres humanos viven igual que ellos; y, por lo tanto, abandonan cualquier intento de transformación social. La clase media no mira la realidad como la mira la clase baja, ellos sí son conscientes de que Dios se ha portado mal, que hay explotación, y son los explotados, y la indignación crece en ellos, en esa efervescencia que produce las enormes injusticias de las medidas tomadas por la clase alta. Y la clase alta no pasa penurias, pero no tiene una vida tan cómoda como la imaginamos, ellos viven con la muerte pisándoles los talones, porque hasta el más afectuoso amigo o compadre buscará acabar con él con la finalidad de ocupar su lugar. Entre más alta sea la clase más reducidas son las posibilidades de salir ileso de un asesinato, de un escándalo público, de la infidelidad, etc. Quizá sea esa una de las razones por las que este grupo de poder emite órdenes de represión social contra los de la clase baja, que vienen siendo los productores. Por lo tanto, mientras la clase baja se prepara para la revolución, la clase alta se prepara para su posible aniquilación (porque sí, todo el tiempo deben buscar los medios para perpetuar su estadía y comodidad). Por otro lado la clase media sigue creyendo libre y tranquilamente en Dios.

La historia del hombre que decidió no oír los consejos de su padre sobre que su vida pasaría por indecibles tormentos, casi que profetizando enormes desgracias para su hijo, y un claro ejemplo de cómo se manejaba la época de entonces, inspiró luego una fiebre por los viajes. La necesidad de querer ser un Robinson llevó a Verne a parodiar un poco los viajes que se hacían, y ridiculizar la necedad de ser un Robinson.

La importancia de Robinson Crusoe es crucial para entender la novela inglesa, puesto que se la considera como la primera. Sin embargo, el argumento no es completamente original ni único, sino que existieron diversas manifestaciones del personaje del náufrago. “El hombre solo en una isla” se convirtió en un ideal para el siglo XIX, y en una evocación de ensoñaciones inexploradas e inexplorables, como “¿Qué harías si estuvieras en una isla desierta?”. El cambio de percepción con respecto a los viajes fue notorio con la publicación de esta obra, puesto que antes de ella se consideraba una incoherencia adentrarse en un mundo de peligros y privaciones innecesarias.

Benamuckee, el viejo que vivía más allá de todo

Como había mencionado al inicio: las reflexiones religiosas tienen lugar en esta novela. De hecho, es uno de los puntos más fuertes. Se podría decir que el sentimiento religioso es inherente al ser humano, incluso sin importar que este sea un civilizado europeo o el más caníbal de los salvajes. La idea de un Dios está presente en todo; por lo que me recuerda las palabras de Jenófanes que mencionaba que si un caballo tuviese la capacidad de comunicarnos sus ensoñaciones, nos trasmitiría la idea de su Dios en forma de caballo. Porque al fin y al cabo, la idea es que el ser humano ha inventado a Dios a su imagen y semejanza. Con todo, este tema aún sigue siendo delicado, y no porque aún vivamos los años de poderío de la iglesia católica, sino porque este siglo XXI se posiciona como una época hipersensible.

Otro de los rasgos que parece inherente, pero no de todo ser humano, sino de los supuestos civilizados, es esa manía que tienen de querer conquistarlo y dominarlo todo. Impone, el civilizado, una verdad heredada y razonada de que evangelizar al otro es algo bueno. Pero no me corresponde a mi determinar nada con respecto a eso; con todo me llamó la atención este fragmento relacionado a lo que vengo diciendo donde el buen Robinson intenta evangelizar a Viernes:

[…] A partir de esto, comencé a instruirle en el conocimiento del verdadero Dios. Le dije, apuntando hacia el cielo, que el Creador de todas las cosas vivía allí arriba; que Él gobierna el mundo con el mismo poder y la Providencia con que lo había creado; que era omnipotente y podía hacerlo todo, dárnoslo todo y quitárnoslo todo. Así, poco a poco, fui abriendo sus ojos.

<< fue abriendo sus ojos >>. Me atrevería a decir que fue Viernes quien quitó un poco de ideas enrarecidas de Crusoe. Por ejemplo, Viernes le interroga ante la idea de que el Dios cristiano sea todopoderoso: <<Si Dios es muy fuerte ¿Por qué no aniquila al demonio?>> A lo que en un momento incómodo Robinson le responde que Él tiene su momento para hacer las cosas. Viernes le dice: ¿Por qué no ahora? Y, como la religión tiene para todo gusto, lo denominó como “protestante”.

Quizá este sea el pasaje que más me fascinó de Robinson Crusoe. Aquí se expone la multiplicidad de creencias que el ser humano tiene para hablar con su respectivo Dios. Incluso en un salvaje como Viernes se entiende que le une a su pueblo caníbal la creencia en un Dios (Benamuckee), como si la fe no fuese solo una manifestación de civilización, sino también una expresión más profunda e inexplicable de todo ser humano, incluso de los bárbaros. Sería injusto decir que el cristianismo ha hecho daño al imponerse en esta parte del mundo como la doctrina religiosa a seguir, pero también es injusto negar que cada comunidad sobre la faz de la tierra tiene sus propias expresiones de fe o creencias. Si son buenas o malas no le corresponde a nadie juzgar; y, de hecho, la dicotomía de “lo bueno y lo malo” es una herencia católica. Este mundo es tan extenso geográficamente, algo que ya nos enseña Robinson, pero también lo es desde sus manifestaciones espirituales.

Entonces, pude darme cuenta de que el sacerdocio, incluso entre los paganos más ciegos e ignorantes, y la política de mantener una religión secreta para que el pueblo venere al clero, no solo se encuentra en la religión romana sino, tal vez, en todas las religiones del mundo, incluso entre los salvajes más bárbaros e irracionales.

El destino de Crusoe

El destino de Crusoe es el destino de cada ser humano que intenta evadir el sistema y hacer por su cuenta su propia sociedad. Robinson comprendió que nadie era en sí mismo una isla, que se necesita de un contacto humano para no deshumanizarnos, y en ese proceso la religión tiene sus aportes fundamentales. Además, que eso no solo funciona con individuos, sino con naciones, cuando en su intento por lograr una independencia desmedida hacen de sí una ruina.

Escuela de Robinsones (1882)

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El viejo Kalderup acaba de comprarse una isla por cuatro millones de dólares, y al inicio de la obra no se comprende la relación con que su sobrino, a quien educó desde pequeño, decidiera recorrer el mundo. Es el dato predecible que se mantiene a lo largo de la novela.

Hay una arenga al viaje, típico de Julio Verne, al inicio de la obra: <<¡Viajad jóvenes! Viajad, mientras puedan, y si no pueden, igual ¡Viajad!>> y esas palabras resuenan en el telar de grafemas con que se va unificando una historia del mítico Nostradamus de la ciencia ficción. Sin embargo, esta exploración hace pensar más en una parodia de los viajes que en una referencia al Robinson Crusoe del que se inspira la novela.

Godfrey, el sobrino de Kalderup, está comprometido con Phina. En ese típico compromiso matrimonial de gente rica del siglo XIX que pretendía perpetuar la riqueza de las familias; y, como dato interesante, se habla de los Rothschild como una gente rica a la que no habría que prestarle mucha atención; sin embargo, ya sabemos qué pasó el siglo siguiente. Pero, Godfrey decide recorrer el mundo antes de casarse, y podría decirse que Phina está interesada en que se vaya, y eso no sabemos si por alguna gracia femenina o es que a Verne no se le ocurrió otra manera de separar a la joven pareja; el asunto es que no hubo pleito por el deseo de Godfrey de viajar por el mundo. Y, como Kalderup es un viejo rico de San Francisco, no le es imposible hacerse de un barco y empezar el viaje.

Ya en el Pacífico, a pocos días de haber cruzado la “estrecha garganta del Golden Gate”, naufraga el barco. Tartelett, el profesor blandengue que acompaña a su discípulo, una vez que cobra conciencia de la situación le pregunta a Godfrey:

– Entonces ¿Qué va a ser de nosotros? – exclamó Tartelett, doblando sus brazos, que levantó al cielo.

– ¡Robinsones, quizá!

Es así como esta novela de Verne, publicada en 1882, se convierte en un homenaje al Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, y a El Robinson suizo, de Johann David Wyss. Porque junto a la hazaña de atravesar el tiempo para precisar los inventos más excepcionales del siglo venidero, se encontraba ese entusiasmo de recorrer el mundo y descubrir en él sus significados más recónditos.

La tragicomedia en Verne

Yo ya había saboreado un poco de la comicidad de Verne en Veinte mil leguas de Viaje Submarino, pero el enfoque tragicómico así de diáfano, sobre todo en una novela del siglo XIX, era un dato inusual; porque la característica de la seriedad acompaña abundantemente la producción literaria del siglo decimonónico. Eso se debe esencialmente a la influencia del positivismo lógico. El positivismo lógico que había provocado que la historia sea más rigurosa para ser tomada por historia, que había provocado que los parámetros de medición se insertaran en la mayor parte de la producción del conocimiento para ser tomado en cuenta como conocimiento. Era el siglo del realismo, el siglo donde no se podía andar con rodeos, y el enfoque tragicómico de Verne en ese contexto demarca un aspecto novedoso.

En el sentido de la tragicomedia debemos mencionar a Tartelett, quien sufre los avatares de las decisiones de otras personas. Tartelett encarna el ser humano más comúnmente sedentario, que no tiene aspiraciones de explorar ningún mundo posible. Incluso, cuando en uno de los pasajes Godfrey se ve obligado a quitarle el arma porque era imposible que entendiera razonamiento alguno, lanza una protesta que es lógica desde la perspectiva del hombre sedentario:

Como Tartelett era incapaz de comprender un razonamiento […] ni cualquier otro, Godfrey se contentó con quitarle el arma. Entonces el profesor (de baile y buenos modales) fue a echarse sobre su litera maldiciendo los viajes, los viajeros, y los maniáticos que no pueden quedarse tranquilos en el hogar doméstico.

¿Cómo es posible que a Verne se le ocurra enviar a un profesor de baile y buenos modales, de viaje a una isla desierta? Asumo que en su intento de parodiar los viajes también llega a parodiar que los buenos modales no sirven más que en una reducida reunión de personas que creen estar en la más alta escala social, pero cuando esta gente desaparece los modales ya no sirven. A lo que Tartelett responde, en alguna ocasión, “no se aprenden buenos modales para los demás, sino para uno mismo”. En fin, algo que cada quien lo puede interpretar a su manera y manía.

La dicotomía Quijote/Sancho

Otro dato interesante en la obra es que la dicotomía de Quijote con su escudero se la toma en esta novela, precisamente de aventuras. En este caso los roles se invierten, porque el maestro pasa a ser el Sancho débil y quejumbroso, mientras el discípulo en su aprendizaje de Robinson adquiere cualidades quijotescas. Sin embargo, en esa búsqueda de aventura, ambos deben aprender a sobrevivir, y en eso consiste, en esencia, el oficio de Robinson.

Debería notarse que esa funcionalidad de Quijote/Sancho se va oscureciendo porque a falta de un buen escudero aparece en la novela otro personaje que sirve de soporte para las aventuras del aprendiz de Robinson. Estos aventureros siempre quieren imitar, y la novela es un intento de imitación de Robinson Crusoe. Debería analizarse la producción literaria que es producto de la imitación; sobre todo, porque hace unos días estaba leyendo Capítulos que se le olvidaron a Cervantes, donde también se intenta imitar, pero en este caso directamente, la obra magna de la lengua castellana.

Otras referencias literarias…

La necesidad del viaje es inherente al ser humano. De hecho, antes de que el ser humano pase a ser sedentario y generar civilizaciones fue un eterno viajero. Esa necesidad del viaje venía dada por la necesidad de encontrar un mejor lugar para poder vivir y convivir; pero, ya formadas las civilizaciones, la necesidad del viaje quedó como un componente cultural. Incluso, no sé si es solo mi percepción, pero las dos grandes fuentes de cultura y conocimiento están determinadas por la lectura y el viaje. Incluso, los grandes viajes que se relatan, como Escuela de Robinsones, son un producto de las obras maestras sobre viajes. Es así como Godfrey decide viajar, porque admira las aventuras de Robinson Crusoe, el arquetipo del hombre de la aventura.

Otros grandes referentes sobre ese deseo insaciable de viajar es Arthur Gordon Pym, el protagonista de la novela inconclusa de Edgar Allan Poe. Y los pasajes guardan una analogía innegable; la idea del barco, el grandioso Dream de la Escuela de Robinsones, y el glorioso “Grampus” de las Narraciones de Arthur Gordon Pym. El Dream, en Escuela de Robinsones, representa el sueño de recorrer el mundo, de la exploración de paisajes y culturas desconocidas, de lugares inhóspitos; pero, sobre todo, del deseo de sobrevivir en lugares inexplorados. De este modo Escuela de Robinsones también es una escuela de lectores para todos los que desean insertarse la experiencia del viaje.

Reflexiones del final

Es de pésimo gusto hacer spoilers, y no lo haré. Pero quiero referirme al final, donde me quedo con la pregunta de ¿Quién es el verdadero Robinson? ¿El que conscientemente desea viajar para recorrer el mundo o el que por azar del destino, y sin proponérselo, es arrojado a una isla desierta en la que debe sobrevivir?

Capítulos que se le olvidaron a Cervantes

Portada

Montalvo es reconocido ampliamente en Ecuador. Casi todos han escuchado algo sobre los tres juanes: Juan Benigno Vela, Juan Montalvo, y Juan León Mera. En esta ocasión nos ocuparemos de Montalvo, en especial de esta obrita, “objeto de estudio” como diría el mismo autor. Juan Benigno Vela fue un historiador, un entusiasta por contar la historia desde una perspectiva estilística y depurada, Juan Montalvo es identificado rápidamente por sus ensayos, por el antagonismo que tenía contra el gobierno de García Moreno, y contra Ignacio de Veintimilla; y, Juan León Mera, reconocidísimo por ser el autor del himno nacional.

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Creo que uno de los síndromes que padece la mayoría de escritores ecuatorianos es ese afán de granjearse un ego enorme. De hecho, nuestra costumbrista literatura ecuatoriana se ha desbordado en un nacionalismo suavizado, un poco ingenuo, en el intento por alcanzar reconocimiento internacional. Sin embargo, creo que aún le falta a nuestra literatura nacional los componentes esenciales de una obra que perdura en la memoria universal. Considero que entre los componentes debería estar el abordaje de temáticas desde una perspectiva intemporal; no confundirse, nuestra literatura puede seguir siendo nacionalista o costumbrista, pero lo que debería profundizar es esa perspectiva universal. Es decir, nuestras historias deberían ser contadas como historias que pudieron suceder en cualquier lugar y en cualquier época, y no como historias únicas en tiempo y espacio.

Creo que no estaría mal que sea una tendencia la de escribir con una perspectiva espacio-temporal única, pero que sea tendencia de toda literatura ecuatoriana para ser considerada “aceptable” es donde hemos fallado. Últimamente están saliendo propuestas innovadoras, que forman parte de una tendencia más universal, pero habría que esperar el suficiente tiempo para que cuando se quiten los focos que provocan que resalte esa temática, valorar entonces si hemos logrado calarnos como una huella en el escenario internacional; además de Adoum y otros renombrados. En fin, este post era para hablar sobre los Capítulos que se le olvidaron a Cervantes, un intento de imitación de novela de una novela que jamás ha podido ser imitada.

Ahora sí sobre el libro.-

Creo que no existe un ser humano de occidente que no haya escuchado, al menos eso, la referencia del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Para los que se interesaron un poco más en descubrir el contexto en que esta obra fue producida lo situarán en lo mejor del Siglo de Oro Español, en el contexto entre el renacimiento y el barroco. Para quienes profundizamos un poquito más allá en el contexto del libro notamos que Cervantes se refiere al Quijote como un hidalgo. Y esta denominación tiene un valor sociológico importantísimo, porque nos permite comprender la situación económica de la que formaba parte Alonso Quijano. Al ser un hidalgo significaba que era descendiente de algún héroe de guerra, pero que se encontraba en decadencia; es decir, era descendencia de alguien con excelente posición, pero que no había podido conservar esa condición.

El milagro de la novela

Estoy convencido de que la valía de esta obra no radica en su originalidad argumental, pero sí en su intencionalidad. Es deslumbrante la manera en cómo recreando la obra clásica, más clásica de la historia, se insertan pasajes de la política nacional. En ese sentido, Montalvo se coló a una fama que no le correspondía, como quien se va de polizonte en un barco que navega con gloria; pero tomó el riesgo, lo hizo, y eso cuenta. Cualquiera que lo intente después dejaría de ser original, estaría imitando no a Cervantes, sino a Montalvo, y ahí radica de que el inimitable es nuestro ecuatoriano. Al fin y al cabo, muchos seguirán intentando imitar a Cervantes, pero no lo harán con el artificio montalvino que produjo una novela como la de los Capítulos.

Como típicos ecuatorianos muchos negarán este logro, y tienen parte de razón, porque nos hemos granjeado una fama que no es original, pero al menos nos hemos colado con maestría. Somos los metiches de lujo.

Montalvo y el lenguaje

La literatura de Montalvo está hecha para deleitar en el lenguaje. Para recrear una erudición y un manejo castellanizado de las expresiones. Pero como a todo escritor que pretende hacer alarde de su dominio lingüístico, se va difuminando por diversas razones. Entre las más claras razones está de que la lengua es un ente en evolución, vivo, y el habla de una comunidad lingüística le induce cambios, por lo que pasó de ser una demostración del uso del idioma a un manuscrito repleto de arcaísmos. Si alguien pretende quedarse en la historia por el buen manejo del lenguaje debería aprender de Vargas Vila, el colombiano. Ese escritor pudo no solo dominar un lenguaje complejo que hacía que la gente se apasionara leyéndolo, porque explota la esencia de la poesía, sino que también fue capaz de provocar ideas distorsionadas que le costó la vida a una veintena de jóvenes enamoradizos. Es clásico ese pasaje de la novela Ivis, donde propone matar a la mujer que se ama, e insiste tanto en que debe matarla, que le aconseja que si no es capaz, debería matarse. Pero eso, es otra historia.

Fragmentos que me apasionaron…

Creo que siempre me apasiono por lo que hago, y la lectura no es una excepción. Cuando leo hay fragmentos que se insertan en la piel y me van acompañando por largo tiempo; a veces temo que existan fragmentos que me acompañen hasta la muerte. Esto se produce por diferentes razones: una podría ser porque mientras se lee uno va viviendo, y las experiencias suscitadas en el contexto de una determinada obra nos marcan el significado de la lectura. Eso es algo que le ocurre a todo fanático de la lectura, pero también le ha sucedido a escritores, como pasó con nuestros decapitados.

Hay un fragmento en los Capítulos que se le olvidaron a Cervantes que me ha dejado pensando. Sí, no es el mega fragmento tipo Víctor Hugo, pero sí es una escena que me llamó a pensar varias horas. La escena del llanto de Sancho.

Llora Sancho, y así se te desagüen por los ojos la ingratitud y la falta de memoria…

“Llora Sancho” le dice Don Quijote, y es posible que quien realmente esté hablando sea Montalvo. Llora Sancho y así se purgue de tu alma los males que te han venido atormentando. Aquí, Montalvo, a través de Don Quijote, realiza un fugaz alegato del llanto. Es la representación virtuosa de los momentos más encumbrados de la angustia y el desequilibrio. Llora Sancho, y así tal vez Don Quijote deje ser Quijote y llegue al fin de su vida o de su utopía. Llora, y sueña con él la soledad de toda una humanidad deprimida.

La moralidad como un postulado

Para los estudiosos de la obra de Montalvo, yo no soy uno de ellos (pero lo supongo), es innegable que el ambateño perseguía ese interés por moralizar a su gente. Sus obras estaban cargadas de sentencias moralistas. Y, en ese sentido, muchos pensarán que era religioso o algo parecido; pues no. Montalvo criticó todo lo que le rodeaba; y, entre lo que le rodeaba estaba el conservadurismo reconcentrado del siglo XIX.

Entonces es deleitable cómo el autor, con su discurso rimbombante, empieza a encadenar sentencias moralistas para la gente de su tiempo; una especie de Dante local. Claro que la comparación es arriesgada; para los fanáticos de la literatura ecuatoriana situarán a Montalvo en el pedestal junto a Cervantes; pero no, Montalvo es una pequeña representación de la grandeza, pero a escala local. Lo que sí habría que reconsiderar es que se lo ha sobrevalorado y se lo ha minimizado en exceso, los aduladores y detractores han caído en el pozo ciego de la incomprensión.

Iba a escribir algo sobre el final del libro, pero creo que es mejor que lo lean…

El desierto del amor – Francois Mauriac

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Son muchas las formas en las que el destino puede tejer emboscadas. Sin duda alguna, con esa premisa el autor francés se dejó guiar en la narración de una novela corta, que cuenta cómo un padre y un hijo se ven enfrentados como rivales por el amor de María Cross. En la búsqueda de un equilibrio, y del significado de sí mismo, se recuerda mucho a las travesías de Demian, de Hesse. Se encuentra el lector ante la emboscada inaudita de una obra maestra.

Los libros son quienes nos buscan, en el momento en que los necesitamos, para consolidar el destino que nos falta. Y fue de esta manera en que por el azar seleccioné esta novela que estaba entre los libros que aún no leo. Después de haber leído Leyendas de Guatemala, y decidir seguir un plan de lectura y escritura riguroso, me vi enfrentado a una partícula de mi destino. Habría que aclarar que al principio la novela es confusa, aparecen algunos fragmentos temporales, tal parece que echados al azar, y que poco a poco van cobrando un sentido y una claridad deslumbrantes.

Francois Mauriac fue un escritor católico del siglo XX; y, probablemente lo primero que se piense de él al ser un escritor católico, es que sus temáticas sean recalcitrantemente teocéntricas; sin embargo, eso no sucede. Es la religión católica lo que le permite a Mauriac visualizar con una inteligencia superior los diques de una creencia que se dedica a guardar las apariencias. Cuando el padre, que es médico, se encuentra a sus cincuenta y dos años tentado a buscar una aventura fuera del matrimonio se pone en evidencia muchas otras tensiones. Entre las que más sobresalen está el conflicto con el hijo mayor, y el desapego por una esposa que se ha dejado seducir por la rutina.

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La tensión entre padre e hijo

Si hay algo que desconocemos más todos los seres humanos, además de nuestro verdadero origen, es esa sensación de abandono que sufre todo padre. Literalmente estoy hablando del “padre”, no en su concepción genérica. La madre está al alcance de los afectos de los hijos, y degusta, como el personaje del libro (la madre de Raymond), en tratar de adivinar el estado de ánimo de su hijo. Pero un padre no sabe cómo hacerlo, y cae en un abandono nefasto, que lo va endureciendo con el tiempo, hasta que el hijo crece y se enfrenta a él precisamente por ese abandono de emocionalidad paterna. Y el ciclo se va repitiendo perpetuamente.

Creo que la novela nos ayuda a entender eso también: la relación entre padre e hijo, la sequedad que suele haber entre ambos, que al fin y al cabo parecen ser uno solo. De hecho, al inicio de la novela me costó diferenciar con nitidez si el padre y el hijo no eran el mismo personaje. Sé que habrán quienes los podrán diferenciar inmediatamente, y eso está muy bien; pero, la sensación que me produjo el no poder diferenciar a dos seres que son uno solo generó un estado de ánimo metafísico. Es la exposición máxima de aquello que los católicos llaman “milagro” y que Vigotsky llamó “unidad de análisis”.

El desapego por la esposa

Es complejo aventurarse a analizar algo que aún no se ha vivido, pero si de algo me sirve la literatura (mucho, en realidad) es de haberme preparado para las experiencias futuras. Si de repente en algún momento de mi existencia llegara a sentir ese desapego, estoy convencido que podré actuar de mejor manera, porque eso que he de vivir por primera vez dentro de muchos años ya lo he vivido muchos años antes de nacer.

Mauriac tendrá un lugar privilegiado entre mis lecturas, por la frescura de una experiencia que se va convirtiendo en propia siendo ajena. Mauriac plantea que un hombre que, agobiado por la rutina de su trabajo de “un sabio a medias”, buscará en algún momento un punto de quiebre de todo lo vivido hasta ese momento. Se me vienen muchas referencias a la memoria en el momento que escribo estas palabras, entre esas referencias está una estrofa de “Los heraldos negros” de César Vallejo:

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

Sí, hay golpes. Golpes que parecen ser dados del puño de Dios. Pero otra referencia sobre este tema la tengo de una noticia de farándula, la bomba noticiosa que fue que Vargas Llosa, mi escritor favorito de universidad, rompiera su matrimonio a los casi ochenta y cinco años para buscar el amor de una mujer que es conocida por haber tenido muchos maridos reconocidos, entre ellos Julio Iglesias; para quienes leímos con devoción todos los textos que se produjeron de la ruptura de Mario con su tía Julia nos podremos acordar que fue todo un acontecimiento, porque Patricia Llosa en ese momento, en ese contexto, fue María Cross; pero cuando el viejo Mario llegó a la edad de los 85 años, Patricia Llosa pasó a ser la esposa seducida por la rutina, e Isabel Preysler pasó a convertirse en María Cross. Puedo diagnosticar aquí un caso serio de Bovarismo invertido. Y es que la nostalgia de Flaubert entre las páginas de Mauriac hace pensar en que una relectura de Madame Bovary no estaría mal, puesto que la influencia se nota de una forma descomunal.

Pero Mario fue Mario, y juzgar su comportamiento sentimental como un estándar de todos los que lleguen a ser escritores, es ingenuo. Para empezar, son muy pocos los que tienen las posibilidades de ser tan grandes como Mario, pero son muchos los que pueden ocupar el papel de los personajes de Mauriac.

En síntesis

Sobre Mauriac he conocido muy poco en español. Casi que fue complejo buscar alguna referencia de peso sobre este autor francés; y en ese contexto tenemos que remitirnos a las analogías. Por ejemplo, bien es conocido el interés de Francia de hacer florecer la nueva novela en el siglo XX, pero se suele reconocer únicamente a Proust, y dejamos de lado la presencia de Mauriac en el escenario internacional. Fue tan grande la influencia de este francés que le fue concedido el Nobel de Literatura en 1952.

 

 

 

Exposición de arte: Guayasamín Inspira

Cuadro 3

El jueves, a las siete, se dio inicio a la exposición de arte en la Casa de la Cultura – Machala, con la temática “Guayasamín Inspira”. La idea de ir la tuve por la exposición de dos cuadros de una genial estudiante: Doménica Lam. Aunque eso dio apertura a muchas otras ideas sobre cómo se puede fomentar la cultura en la provincia de El Oro.

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Aquí con dos cuadros de Doménica Lam

En el discurso de apertura se mencionaba, medio sutilmente, que los indígenas continúan siendo perseguidos por las élites. Una apreciación que se va generalizando y que mantiene polarizada a la sociedad ecuatoriana, y de cuyo asunto prefiero no decir abiertamente mi parecer. No por egoísmo, sino porque la frágil tela de la tolerancia a la opinión diferente se va debilitando de manera estrepitosa. Después de todo en el discurso que se llevó a cabo se dijo algo de lo que ya estoy convencido desde mi etapa de colegial: la cultura es una muestra de rebeldía de los pueblos. A eso habría que añadirle que hasta suena razonable que los políticos no apoyen la cultura de un pueblo: temen que un pueblo culto y pensante ya no los vuelva a elegir.

En fin, hay mucho que decir sobre el tema y yo inicié este post para hablar de los cuadros. Aquí les dejo uno que me impactó:

Lágrimas de plástico - Carlos Brito Vélez

El cuadro “Lágrimas de plástico” fue creado con material de reciclaje, incluso se usaron silbatos para describir las lágrimas; además, representa el estilo de Guayasamín. Aquí están otros cuadros:

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A ti, amor mío, en la inconsciencia intemporal

A Kerly

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Cada noche, entre velo y desvelo, sueño
contigo cobijando mi desesperación,
y entre sueño y ensueño te veo sin miedo
como los niños que se acostumbran
a mirar a través de su mirada inocente
el mundo despampanante de los misterios.

Cada noche, entre el pánico y un café,
evoco las grietas del tiempo donde aún
existimos, como sueños inmortales,
soñados por algún Dios benevolente,
entre velo y desvelo como los manantiales.

Entre velo y desvelo, y entre sueño y ensueño,
tus manos van dibujando sobre mi espalda
el recuerdo fulgurante de una historia sin tiempo,

entre velo y ensueño, y desvelado el tiempo,
dejo que me arrastren las olas, dejo que
arrastren mi cuerpo bañado por la noche.

 

Tánatos camina por la ciudad

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Cada noche un nuevo y mismo crimen se comete. Entre la grada tres y cinco de las viejas escaleras de un coliseo abandonado. La ciudad duerme, y es como si muriera un poco con cada puñal clavado en el pecho abundante de una mujer incierta. La soledad de la madrugada despoja de sangre un cuerpo magnífico. La bella incertidumbre originada en espacios olvidados de una civilización distante y extinta. Aquí todos los muertos nacen indefinidamente.

Son las ideas sueltas de una historia que aún no se ha inventado lo que empuja al destino a llamarse destino. Una cadencia infinita de golpes que balancean la vida de antes con la de ahora. La gente reaccionará igual, como si fuese un crimen igual, común, y normal. La gente verá este asesinato con los mismos ojos con que vieron el asesinato de Lucía Méndez, y la ciudad se empeñará a sentirse más sola en medio de un abanico intenso de ruido y desperdicios.

Antes de las últimas líneas de una nota de periódico se verá regar la sangre de muchas mujeres que no tendrán nombre, ni rostro, ni pasado, y que serán pulverizadas en el infinito pozo séptico de la impunidad. Se regará con sangre la bañera del hacedor de muerte que, mira escondido desde su espacio en las nubes, un globo rojo intenso; marcharse ahora, y morirse luego.

En las alcantarillas el hígado se deshace de a poco sin que la ciudad lo note. Y en la esfera distante de las pesadillas del causante se encierran los infiernos incontrolables de una furia de dioses malditos. La ciudad se empeña en olvidar lo que no es adecuado para un tiempo como este, y piensa en su soledad puritana que ocultar la resquebrajadura del sistema les hará dueños de una ensoñación imperecedera. La ciudad seguirá siendo ciudad, y este crimen ocupará media página en la crónica roja de un domingo de noviembre.